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📖 Bucho, el perro que se convirtió en gato

Bucho, el perro 

que se convirtió en gato

Cuento: Bucho, el perro que se convirtió en gato

Bucho era grande y fuerte, un maravilloso representante de Rottweiler puro. Con pelaje negro brillante, enormes patas y colmillos respetables que lo hacían un perro de temer. Bucho se sentía orgulloso de su linaje e incluso había ganado un campeonato de canes. Su amo era el viejo Sr. Douglas, reconocido contador de su pueblo, bonachón y amante de los perros.

Bucho ya tenía 6 años, que en edad perruna son como 42 años humanos, se veía en muy buena forma y tenía mucha energía. Le encantaba dar paseos y jugar en el parque, siempre andaba suelto y sin bozal. Aunque su aspecto era temible, los vecinos lo trataban con cariño porque lo conocían desde que era un cachorrito, además Bucho era un perro muy bien entrenado y educado.

Cuando Bucho ladraba todos los demás perros se quedaban helados, bajaban la mirada en señal de respeto, a ninguno se le pasaba por la mente desafiar a semejante perrote. A veces Bucho fanfarroneaba un poco, pero en el fondo era un noble perrito, cariñoso y juguetón.

Desde hacía un par de días a Bucho le pasaba algo que ni él mismo sabía definir. Todo comenzó cuando daba su paseo dominguero por la plaza y vio pasar a un gato, en otros tiempos hubiera corrido detrás de él como un loco, pero no, ese día no corrió, ni siquiera se sintió alterado frente al minino, al contrario, le produjo una sensación de agrado, incluso de atracción. Es más, de no haber sido porque tenía una reputación que cuidar, se hubiera sentado al lado del gato para conversar un rato. Le parecía que era muy simpático. Después se enteró de que se trataba de una gata que vivía en casa de la Sra. Teresa.

Ese incidente habría quedado como una mera curiosidad, de no haber sido por lo que pasó después. La tarde estaba tranquila y calurosa, Bucho decidió dar una vuelta para refrescarse, pasó frente a una panadería y se le hizo agua la boca al ver un gran vaso de leche que se estaba tomando un viejito. Bucho no era de esos perros velones, pero es que el olor, la blancura de aquel vaso de leche se le antojaba absolutamente delicioso.

Vaya, ¿pero qué perro no ha tomado leche alguna vez?, eso no tiene nada de particular, se dijo Bucho, para quitarle importancia al asunto. El colmo fue lo que pasó luego, cuando cruzó por la calle donde vive la Sra. Teresa, la dueña de la gata simpática, justamente la señora estaba colocando un platito lleno de gatarina al pie de la escalera, Bucho se escabulló sigiloso y se comió el plato de gatarina completo. Al terminar se sintió avergonzado por lo que había hecho.

Esta serie de sucesos inquietaron un poco a Bucho, sin embargo, pasaron unos días y no había nada de particular en su comportamiento, lo único raro era esa bendita maña que se le había pegado de estarse lamiendo por todos lados, y es que en esos días Bucho quería asearse a cada rato.

Llegó el cumpleaños número 7 del perro y su amo se lo celebró con una linda tarta de hígado. Pero esa misma noche ocurrió lo más extraño del mundo: mientras se arrellanaba en su almohadón comenzó a ronronear… ¡sí, ronronear! De un brinco se levantó al escuchar su propio ronroneo y por un instante creyó que lo había soñado, pero al volverse a acostar se le escapó un suave: “miau” ¡qué susto! se dio Bucho al escucharse, apenas si lo podía creer… ¿qué clase de perro dice “miau” ?, esto ya era algo grave.

Bucho dejó de salir porque se sentía muy confundido y además estar en casa calentito y a los pies de su amo lo hacía muy feliz. Se acurrucaba cómodamente y dormía por horas, luego se estiraba y para sorpresa de su amo, brincaba de manera espectacular, era tan ágil brincando que se subía al techo de la casa dando saltos precisos y rápidos, tal como lo haría un gato.
Por si fuera poco, la colita corta del gran perro comenzó a crecer… lentamente fue pasando de una brevísima cola a un largo y sedoso rabo igual al de un gato. Ya era inminente: Bucho se estaba convirtiendo en un minino.

Llego el momento en que dejó de importarle el qué dirán, se sentía a gusto y descubrió que podía hacer muchas más cosas, como mirar en la oscuridad y afilar sus uñas, que se habían convertido en garras muy apropiadas para cazar… y sí, claro que las utilizó porque el día menos esperado Bucho cazó un ratón escurridizo que desde hacía varias semanas atormentaba al Sr. Douglas por las noches con su correteo y chirridos.

Lo más impresionante, fue cuando aquel perro, que ya se veía más como un gato enorme vomitó una enorme bola de pelos… ay por Dios, aquello ya no tenía vuelta atrás. Esa misma semana el Sr. Douglas hizo la cita con el veterinario del pueblo.

No había explicación lógica para aquello, el veterinario lo examinó de cabo a rabo y no pudo explicar qué le ocurría a Bucho, porque según sus pruebas estaba perfectamente sano.

Los días siguientes fueron un poco confusos hasta que Bucho decidió rendirse y aceptar su gato interior, comprendió que era un perro con alma de gato y su dueño le colgó en el cuello un bonito y tintineante cascabel. Desde aquel momento Bucho se convirtió oficialmente en un enorme y hermoso felino.

L.D. Araujo Morales

Apuntes sobre el Cuento

Enseñanza/Moraleja:

Este cuento nos enseña aceptación ante los cambios. Si del cielo te caen limones aprende a hacer limonada.

 

Edad recomendada:

A partir de 5 años

 

Qué se trabaja:

La aceptación y adaptación ante los cambios.

 

Valores:

Flexibilidad, aceptación, adaptación, resiliencia

 

Propuesta educativa de trabajo:

Después de leer el cuento puedes comentar con tu hijo/a sobre los cambios que tenemos desde que nacemos y cómo vamos evolucionando. Hay cambios que nos gustan y otro no tanto, pero es importante aceptarlos y adaptarnos.

 

 

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